sábado, 28 de agosto de 2010

Jueves

Definitivamente estaba pasando. Y aún no quería asumirlo. Estaba loco ... había algo dentro de mí que enardecía de júbilo y no dependía de mi, era incontrolable, tan fugaz. Bastaba con tomar la micro, la misma micro todos los jueves, era el único día de la semana en que me despertaba antes que sonara esa melodía casi odiosa del despertador.  Ese día como ningún otro, nada podía atrasarme. Nada debía pasar, para que ocurriera todo. Premeditadamente salía 20 minutos antes, caminaba por las cuadras haciendo zig zag, miraba el reloj, llegaba al paradero, miraba el reloj. La segunda persona en llegar era una joven liceana; siempre con audífonos, tenía una mirada inquietante que contrastaba con su decaimiento anímico que se traspasaba y me hacía pensar que el momento anhelado se vería saboteado. Sin embargo, si yo hubiese tenido un par de años menos, aquella jovencita habría tenido un admirador. Llegaba mi compañero de asiento;un miserable universitario herido profundamente por la quien en algún momento llamo novia. Lo sabía porque hace un mes atrás viajaba en el asiento de adelante con la que fue su novia de años, un día ninguno de los dos subió a la micro, tres dias más tarde lo vi subir la escala con una mirada casi tan demacrada como la mía y comprendí todo. Desde aquel día cambio su asiento y  daba la impresión que estuviésemos compitiendo por quien es más patético. Miraba mi reloj. Era el momento de la llegada de la patota de liceanos, siempre conversando, riendo, hablando trivialidades, riendo. Luego arribaban tres o cuatro personas más, en distinto orden, inconstantes. Llegaba la micro. Como si los turnos hubiesen estado premeditados desde siempre, subíamos, nos sentábamos y empezaba el recorrido. Era en este preciso instante cuando todo se volvía abstracto, el tiempo y espacio se descontrolaba, de pronto tan rápido, de pronto cada segundo parecía interminable. 
Un frío escalofriante se apoderaba de mi, la micro paraba, recogía pasajeros, seguía su trayecto. Ahora parecía sudar. Y aquí venía el cuestionamiento de mi vida, ¿en que me había convertido? un hombre con empleo estable, titulado con honores, siempre con una dama a la que acudir... ¿estaba realmente tan mal? una obsesión, era una utopía. 
Ahí estaba, tan atrasada como siempre, a medio peinar buscando sencillo con una mano, con la otra hacía señas al micrero. Nos detenemos, el tiempo se congela. Sonríe, paga su pasaje. Yo suspiro estupefacto ante sus ojos pardos llenos de vida, de alegría. Da las gracias, se sienta a ordenar su bolso, saca un espejo de infancia para acomodarse el cabello. Sorpresivamente como si notara que esta siendo observaba, desvía la vista y sus ojos alcanzan a encontrar los míos que huyen temerosos de su encanto. Pero es demasiado tarde, sigo atónito. Ahora duerme, serena, hermosa, pasiva. En dos minutos más despertará, volverá a sacar su espejo para comprobar que sus ojeras siguen igual que siempre y volverá a retocarse el cabello. Llegará su destino y se bajará. 
Quizás si estoy loco. 

7 comentarios:

  1. al final... la liceana tenía el pelo con chochitos, la falda un poco larga, un montón de pulseras de macramé... ahora, si el jueves era un jueves de invierno, el paraguas era de casaideas =)

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  2. A mí me pasó algo así, pero yo estaba en el Arco de Medicina

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  3. Existe un cuento de Cortázar (siempre Cortázar) que se llama "Ómnibus", del Bestiario, y creo va muy acorde con lo que tu relatas.
    Por otro lado, los ojos pardos y los cetrinos son los más vivitos.

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  4. ah! y, perdón por la intromisión.

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