Estaba sentada en la mesa del comedor, casi sin moverme, hacía calor y no quería ir a cambiar mi ropa por algo más ligero. Apenas pensaba, apenas levantaba la vista, sola en mi casa. Mire cada objeto que me rodeada sin prestarle la más mínima importancia, todo se me hacía tan común. Poco novedoso. Una sobreexageración de lo neutro. Y me sentí aterrada de pertenecer a eso, a lo corriente. Por eso mi pelo. Por eso la infinidad de aros. Un par para cada día. No tenía que combinar con lo que llevaba, ni los tenía predestinados por alguna ocasión, era tan sencillo como levantarme y ahí frente al espejo decidía cual quería llevar puesto. No me guiaba solo por la forma, también el color, la textura. Todos expresaban algo distinto, algo que no podía definirse sino hasta el día en que los llevaba puestos. Y lo que sentía ahí sentada se semejaba a ponerse los mismos aros varios días seguidos, no poder cambiarlos, como si estuviesen incrustados. Y ahí lo supe, lo común era elegir los aros cada día.