Faltaban tres horas y algo para que llegara el bus, llovía con tal ímpetu que el ruido característico del terminal de buses desaparecía a instantes. Sacó un cigarro, lo cobijo en su pelo, cruzo un par de palabras con el guardia de turno y salió a los andamios. Con el cigarro en la mano aun apagado, cualquiera hubiese pensado que era la timidez la que le impedía conseguirse fuego. No cualquiera hubiese pensado en ofrecerle fuego. Siempre pasaba. Dejaba la lluvia a la furia de lado y se tornaba en esa llovizna tan típica que moja hasta el último rincón accesible, y más. Albergado bajo un techo de no sé bien que material en el andamio vecino, un jovenzuelo la admiraba sin ningún tipo de disimulo. Al percatarse de esto nuestra fumadora dejo escapar una leve sonrisa, imperceptible para muchos, no para él. Era raro que se dejara impresionar por un extraño, pero saber que podría abordar cualquiera de los siguientes quince buses que llegarían y retornarían a su trayecto en el transcurso de una hora, le daba cierto no sé qué al susodicho. Pero lástima se acabo el cigarro. Entro nuevamente, agradeció al guardia por mirar sus pertenencias y busco un buen asiento. Sentada ya, comenzó a revisar casi inconscientemente su mochila; un ejemplar de Vargas Llosa, otro de Benedetti, un cuaderno o lo que quedaba de él, llaves de procedencia misteriosa, innumerables boletos de micro, documentos importantes y sin importancia, tres lápices, un celular descargado, objetos curiosos, un labial, un aro solitario. Solo le quedaba un bolsillo que en primera instancia le pareció vacio, cuando hacía el esfuerzo por sacar su mano se percató de un papel, lo sacó, estaba doblado en cuatro, lo sostuvo cariñosamente durante varios minutos, no despegó la vista del papel y de vez en cuando una sonrisa adornaba su cara. Cualquiera hubiese imaginado la más pintoresca de las cartas en ese papel. No cualquiera hubiese escrito el par de líneas ahí contenidas… Un sinfín de recuerdos llegaron a su cabeza, algunos nítidos, algunos otros trastocados por algún buen vino. Recordó como esa noche la arena estuvo más negra que de costumbre, una nueva sonrisa inundó su cara. Con el papel aún en la mano, doblado, sacó otro cigarro, esta vez llevó encendedor y se dirigió a la cafetería, ya no hizo falta hablar con el guardia, basto un simple gesto. El café hervía y mirando el papel que descansaba sobre el mantel de la mesita, acercó la taza a su boca y antes de la primera bocarada sus labios se quemaron con el calor del vapor… el dolor en sus labios no pareció molestarle. Abrió el papel y sin ni siquiera leerlo nuevamente una sonrisa se adueño de su expresión. Cualquiera hubiese pensado que se trataba casi de un chiste. No cualquiera la hubiese hecho sonreír de esa manera. Encendió el cigarro, tomó el papel, lo dobló teniendo el cuidado de mantenerlo igual, se levantó de la mesa con el papel en la mano y el cigarro fulminado, caminó a su equipaje, miro el papel por última vez y lo guardó en un bolsillo al azar de su mochila. Sacó un cigarro, lo volvió a enredar entre su pelo, caminó hacia el andamio, pero esta vez con su equipaje y todavía sintiendo el calor en sus labios. Quedaban minutos para que llegará el bus.